Euskadi acaba de vivir el junio más cálido desde que existen registros
El verano de 2026 ha comenzado batiendo récords en Euskadi. El pasado mes de junio fue el más cálido registrado desde, al menos, 1970, con temperaturas que superaron los 44 grados en algunos puntos del territorio y obligaron al Gobierno Vasco a activar durante varios días la alerta roja por calor extremo. La intensidad y duración del episodio han vuelto a poner sobre la mesa un riesgo que cada año cobra mayor protagonismo: las insolaciones y los golpes de calor, dos cuadros que pueden afectar a cualquier persona, aunque su incidencia y gravedad son mucho mayores entre la población más vulnerable.
Hasta hace pocos años, las olas de calor parecían un fenómeno asociado al sur de la península. Sin embargo, el cambio climático está modificando ese escenario y Euskadi no permanece ajena a esa transformación. Los registros de Euskalmet muestran una tendencia clara hacia veranos más largos, más cálidos y con un mayor número de jornadas en las que las temperaturas superan los valores considerados normales para estas fechas. El episodio vivido entre el 21 y el 27 de junio ha sido el más prolongado documentado en un mes de junio y dejó máximas históricas.
Este cambio de escenario tiene consecuencias directas sobre la salud. El Ministerio de Sanidad ha revisado recientemente los umbrales de temperatura a partir de los cuales aumenta el riesgo para la población. En buena parte de la costa vasca ese límite se sitúa en torno a los 25,7 mientras que en zonas del interior alcanza los 34,3 grados. Son valores que reflejan la capacidad de adaptación de cada territorio y explican por qué temperaturas que en otras regiones pueden resultar habituales representan un riesgo añadido para una población menos acostumbrada a ellas.
Cuando el cuerpo deja de responder
El organismo humano dispone de un sistema muy eficaz para mantener estable su temperatura interna. La sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos permiten eliminar el exceso de calor y conservar el equilibrio térmico. Sin embargo, cuando la exposición es prolongada o coinciden factores como una elevada humedad ambiental, la práctica de ejercicio intenso o una hidratación insuficiente, esos mecanismos dejan de ser capaces de compensar el aumento de temperatura.
Es entonces cuando aparecen los primeros síntomas. Dolor de cabeza, sed intensa, cansancio, debilidad, mareos, náuseas o calambres musculares suelen ser el aviso de que el organismo está empezando a sufrir. Si la situación continúa, la temperatura corporal puede superar los 40 grados y producir alteraciones neurológicas como confusión, dificultad para hablar, comportamiento desorientado o pérdida de conciencia. En ese momento ya no hablamos de una simple insolación, sino de un golpe de calor, una urgencia médica que requiere atención inmediata.
Los especialistas recuerdan que la rapidez en la actuación resulta decisiva. Mientras llegan los servicios de emergencia, la prioridad consiste en trasladar a la persona a un lugar fresco, retirar el exceso de ropa y favorecer el descenso de la temperatura mediante agua o compresas húmedas. Si existe alteración del nivel de conciencia, nunca deben administrarse líquidos por vía oral debido al riesgo de atragantamiento.
Los más vulnerables
Aunque nadie está completamente protegido frente a estas situaciones, hay personas que presentan un riesgo considerablemente mayor. Los niños pequeños todavía no han desarrollado plenamente sus mecanismos de regulación térmica y las personas mayores suelen percibir menos la sensación de sed, lo que favorece la deshidratación. También las embarazadas y quienes padecen enfermedades cardiovasculares, respiratorias, neurológicas o metabólicas requieren una vigilancia especial durante los episodios de temperaturas extremas.
A ello se suma la situación de quienes desarrollan su actividad laboral al aire libre. Trabajadores de la construcción, jardinería, agricultura o mantenimiento viario permanecen durante horas expuestos a la radiación solar y realizan un esfuerzo físico que incrementa la producción de calor corporal. Por ese motivo, Osalan insiste en adaptar los horarios de trabajo, incrementar los descansos y garantizar una hidratación adecuada durante las jornadas con mayor riesgo.
Las autoridades sanitarias también hacen un llamamiento a la responsabilidad colectiva. Una llamada diaria o una visita a una persona mayor que vive sola puede ser suficiente para detectar a tiempo una situación de deshidratación o agotamiento y evitar consecuencias mucho más graves.
Prevenir, la mejor medicina
La mayoría de las insolaciones y golpes de calor pueden evitarse con medidas sencillas incorporadas a la rutina diaria. Adelantar los paseos o la práctica deportiva a las primeras horas de la mañana o al final de la tarde, utilizar ropa ligera y transpirable, proteger la cabeza con una gorra o sombrero y buscar espacios frescos durante las horas centrales del día reduce de forma notable el riesgo.
La hidratación merece una mención especial. Beber agua de forma regular, incluso antes de sentir sed, es una de las recomendaciones más repetidas por los profesionales sanitarios, ya que la sensación de sed aparece cuando el organismo ya ha comenzado a perder líquidos. Del mismo modo, conviene moderar el consumo de alcohol y de bebidas con un elevado contenido en cafeína, que favorecen la deshidratación.
En Euskadi, además, numerosos municipios han habilitado refugios climáticos en bibliotecas, centros cívicos y otros edificios públicos climatizados para ofrecer espacios seguros durante los episodios de temperaturas extremas, una iniciativa que cobra especial importancia para quienes viven en viviendas con dificultades para mantener una temperatura confortable.
Un verano diferente
Los datos confirman que las olas de calor ya forman parte de la realidad climática vasca y que sus efectos sobre la salud serán previsiblemente cada vez más frecuentes. Según el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), solo durante el pasado mes de junio se estimaron 147 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas en Euskadi, una cifra que refleja el impacto que estos episodios pueden tener sobre la población más vulnerable.
Ante este escenario, los especialistas de la Clínica Euskalduna recuerdan que “la prevención continúa siendo la herramienta más eficaz para reducir riesgos. Identificar los primeros síntomas, mantener una adecuada hidratación y evitar la exposición prolongada durante las horas de mayor insolación son medidas sencillas que pueden marcar la diferencia”. Y, ante cualquier signo de alarma como desorientación, pérdida de conocimiento o un deterioro rápido del estado general, es fundamental solicitar atención médica inmediata para evitar complicaciones potencialmente graves.




